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lunes, 8 de noviembre de 2010

La soledad no es estar solo


LA SOLEDAD NO ES ESTAR SOLO
Para un hombre culto la soledad no existe o cuando existe es vicio o altura,
 nunca sufrimiento, nunca espera de nada.
Miguel Oscar Menassa

Cuántas veces habremos oído la frase: “tengo miedo a estar solo”. No cabe duda de que somos seres sociales y necesitamos de los demás para constituirnos a nosotros mismos, no sólo para cubrir nuestras necesidades de afecto y desarrollo personal, sino también para afianzar nuestra autoestima. Este miedo a la soledad parte de nuestra dependencia infantil, nos sumimos en el temor a ser abandonados hasta que constituimos la presencia del otro en su ausencia. Las personas no sólo existen cuando están, también cuando no están. El gran problema de muchas personas es que se sienten solos porque aniquilan al otro en su fantasía. Decir “estoy solo” es como decir nadie existe y esa negación es la que nos enferma.
Una vez que el ser humano se da cuenta de su finitud, de que su existencia está encaminada a este acontecimiento, nace la preocupación por el ser. Es la muerte la que le va a dar verdadero valor a la vida. Son los límites los que nos permiten vivir de una forma saludable. Cuando entendemos que las relaciones también han de tener sus límites amamos con más libertad, pero no todos somos capaces de aceptarlo. Todas las relaciones de extrema dependencia son relaciones condenadas al fracaso y a la agresividad. Cuando entiendo que el otro es una posesión soy capaz de encerrarlo con tal de no perderlo, ahí no hay amor. El amor es amor a un objeto, hace del otro un objeto, con lo cual entra en juego el régimen de propiedad, hace individualistas, mientras que el deseo no desea objetos sino que desea deseos, hace sujetos deseantes, sujetos que saben que la soledad no existe, o se vive entre otros o se vive entre fantasmas.
Este temor no es nada nuevo, pero es cierto que las sociedades modernas, a pesar de los avances técnicos, fomentan el aislamiento y falta de comunicación. Nos han educado en el consumismo sin límites, pero no nos han enseñado a relacionarnos con otras personas. Nadie nos dijo que comprometerse con otros es lo que genera autoestima y bienestar, que elegir nuestros compromisos es el mayor grado de libertad. Somos caldo de cultivo para el egoísmo y la envidia. Amamos al otro para utilizarlo en la satisfacción de nuestras necesidades, para no estar solos, pero no hemos aprendido a conocer al otro en su verdadera dimensión. Cuando amamos por necesidad es cuando vivimos con miedo a ser abandonados. Podríamos preguntarnos por qué tantas parejas que ya no se aman y aún así siguen viviendo juntos. Es clara la respuesta, por miedo a la soledad. No saber arreglárselas con la propia soledad se convierte en un problema para vivir, acabas viviendo con cualquiera.
En muchas ocasiones hay un temor previo, el temor a arriesgarse, a dar y no recibir, tememos equivocarnos y por ese motivo no emprendemos nuevos proyectos y relaciones. Pero como dice el poeta Miguel Oscar Menassa “En las relaciones intersubjetivas, lo único que se arriesga es un poco de seguridad y un poco de dinero; el resto, ganancia, todo humano”. Hay que arriesgarse a ganar. Las relaciones sociales no se buscan, se encuentran en el camino del trabajo, de las aficiones, de los compromisos. Cuando alguien que se siente solo me pregunta cómo puede hacer amigos siempre le digo que los amigos se encuentran indirectamente: “Apúntate a algún curso, practica el deporte que te gusta, sal al mundo y ahí producirás relaciones. Hay que repetir el acto para encontrar a personas que también tengan esa afición”. No hay edad para las relaciones sociales, seamos jóvenes o mayores todos necesitamos de otras personas para sentirnos vivos y si algo te impide estar con otros, acércate a ellos a través de los libros, la televisión, el teléfono, internet.
También están esas otras personas que lloran por las esquinas porque se sienten solos, ¿no será que no saben amar? Hay que aprender a amarse para luego amar a los otros. El sentimiento de soledad está relacionado con el aislamiento, la noción de no formar parte de algo, la idea de no estar incluido en ningún proyecto y entender que a nadie le importamos lo suficiente como para pertenecer a su mundo. Se puede interpretar la soledad de dos maneras: estar solo o sentirse solo. Estar solo es un hecho común para todos, no siempre estamos acompañados. Esta experiencia de soledad se puede disfrutar mucho y suele ser muy constructiva. Sentirse solos es diferente, porque uno se puede sentir solo también en compañía, en ocasiones no nos sentimos a gusto con las personas que nos rodean. El sentimiento de soledad, tiene que ver con no haber forjado una escucha o haber perdido una escucha. A veces este sentimiento acontece ante una separación o ante la pérdida de un ser querido, quién no ha vivido una situación como esta a lo largo de su vida. Cuando uno se encuentra bien, no importa llegar a casa y estar solo, porque nos sentimos acompañados de todas nuestras relaciones y compromisos. Vivir solo puede ser una buena opción de vida, pero no puede hacerse si no gozamos de unas buenas relaciones sociales, si no gozamos de una buena salud social.
La cultura nos permite no sentirnos solos jamás. Es cuando sólo nos escuchamos a nosotros mismos que entramos en ese vacío de la soledad. Cuando abrimos un libro, escuchamos a otros, otras vidas laten conmigo, es imposible sentirse solo.
Recostada en el diván ella recorría entre palabras los momentos más duros de su vida. Se sentía terriblemente sola, todo lo que quería había muerto, hasta sus ilusiones. El primer día que la vi era como un fantasma, un ser sin alma que buscaba el aliento necesario para seguir viviendo. Sola, en una vida tejida a través de los años, no sólo no tenía con quién hablar, sino que no tenía para quién vivir.
La soledad invadía todos los espacios, del trabajo a casa y de casa al trabajo, así transcurría su vida desde que él había puesto punto y final a la enfermiza relación que mantenían desde hacía años. Desde la muerte de sus padres, ella había volcado todas sus esperanzas en esa relación de pareja. No le importaban las amistades ni ocupar su tiempo libre. Él llenaba su mundo, ya no necesitaba más. Perderlo no estaba en sus planes. El mundo se le vino encima el día en que hizo las maletas y se marchó para no volver.
Los colores que antes llenaban su vida se volvieron oscuros. La última puerta a la felicidad se había cerrado para ella. Para él vivir con una persona así se le había hecho insoportable. La dependencia era tal que le faltaba el aire, ella no daba opciones, empobrecieron su vida hasta el extremo de que en el mundo sólo estaban ellos dos, todo lo demás vacío. Ahora ella estaba sola. Apostó a un único número y lo perdió todo. Había aniquilado de un plumazo toda la humanidad. Ni el trasiego de la ciudad conseguía hacerle sentir que había otros. Estaba encerrada en sí misma, en su propia cárcel.
Desde un principio, parecía que yo no existía para ella. Hablaba para sí misma, no daba lugar a mis intervenciones, apenas había cruce de miradas. Con el tiempo fue derribando los altos muros que había construido y fue dejándome entrar, alguna sonrisa, algún gesto de complicidad. Un día llegó a decir que se había puesto ese vestido para estar guapa para mí. Parecía ilusionada por sus sesiones, por contarme su vida cotidiana y, también, empezaba a tener alguna ilusión de futuro. Pequeños destellos de luz dejaban entrever un mundo más rico que ese pequeño en el que ella había vivido tantos años.
Un día llegó a la consulta irreconocible, sonreía de lado a lado de la cara. Se había inscrito en la universidad y empezaba las clases con ganas. Tenía ganas de tener compañeros, tener horarios, moverse de su anquilosamiento. Hacía dos meses que había retomado una relación de amistad con una compañera de la infancia, quedaban de vez en cuando para tomar café, ir de compras. Hacía años que habían roto el contacto y no sabía por qué. Empezó a entender que la relación de pareja no era ninguna solución para su vida. “No es bueno amar como si el otro fuera la única persona del mundo” –dijo. Escuchar esas palabras de su boca ya eran un gran paso.
Ya no temía a la soledad, había abierto tantas puertas que ni vivir sola ni estar soltera le hacían sentirse única ni abandonada. Tenía amigos que la querían, tenía personas a las que querer y tenía un fuerte compromiso con su psicoanálisis. Había entendido que un libro basta para estar con otros, que son los compromisos los que te hacen vivir, que comprometerse no era entregar tu vida al primer postor.

Helena Trujillo Luque
Psicoanalista Grupo Cero
www.htpsicoanalisis.com

lunes, 3 de mayo de 2010

Más solo que la una

MÁS SOLO QUE LA UNA

Tengo 37 años, mentiría si digo que nunca he estado en brazos de ninguna mujer, porque mi madre me dormía en su regazo hasta los 11 años. Fui un niño tímido y retraído, aunque me inquietaban las conversaciones de los adultos desde que a los 3 años escuché a mi padre hablar con una vecina de sus sueños nocturnos. No tuve hermanos hasta los 13 años cuando, en una reconciliación, mis padres concibieron a mi primera y única hermana. Con ella el contacto fue escaso, por los años que nos separaban y porque mi vida nunca volvería a ser como antes. A esa edad comenzaba mi incursión en el instituto, me separaba definitivamente de mi infancia y, podría decir, también me separaba de lo que había sido mi vida. Fueron años muy difíciles. Un nuevo centro, compañeros nuevos, hermana nueva y hasta cuerpo nuevo.

Poco a poco me fui acostumbrando a todo eso, a esa soledad autoimpuesta. Me había encerrado entre cuadro pareces que me separaban de la realidad donde todos los demás vivían. No concluí mis estudios, abandonándolos en tercero de bachillerato. Mi padre me puso a trabajar en su negocio, una tienda de ultramarinos, en el barrio de siempre, donde me refugiaba entre cajas y detergentes, y donde apenas tenía contacto con los clientes. Después del trabajo, me encerraba horas y horas en mi cuarto, con la única compañía de mi ordenador, mi única y gran pasión. No podría decir si el mundo era muy difícil o si yo era demasiado difícil para ese mundo. Empecé a amar en silencio, amar a seres irreales, primero de mi imaginación, después de esa ventana virtual que se abría, desde mi cuarto a través de internet. Mi sexualidad nació con miedo a ser descubierta, entre gemidos enmudecidos en mi dormitorio, sin otra piel a la que acariciar. Fuera, mi hermana con su vida, mis padres con sus desencuentros y yo, a este lado, como un soldado agazapado en las trincheras temiendo el ataque enemigo que nunca llega.

Hoy soy un hombre, o eso se podría decir por la edad que aparece en el DNI, pero no vivo una vida de hombre. Sueño con levantarme una mañana diferente, atrevido, ver cumplidos mis sueños de amar a una mujer por las noches, compartir risas con amigos, tener un destino diferente. Pero ese día no llega, nunca reúno la valentía suficiente para ser ese otro, ni tan siquiera para pedir ayuda, esa que tantas veces me han ofrecido y yo nunca me he decidido a tomar. No soy como ellos quieren, pero tampoco soy como yo quiero ser. Soy como aquél que sólo se acuerda de que tiene muelas cuando le duelen, pero que nunca va al dentista, que nunca hace nada por su dentadura, que ve cómo cada diente va cediendo su lugar al vacío de la carne, cómo su vida va cediendo a la dejadez.

Estoy más solo que la una, pero tengo miedo a cambiar, a tener amigos y tener que cuidarlos, a estrechar otro cuerpo y que se marche, a tener un trabajo que me guste y que no sea para siempre. Estoy perdido, enteramente perdido en las ideas que se han fortalecido con los años y ahora son fuertes rejas que me separan de mi felicidad. ¿Cómo he llegado a esto? ¿Cómo fueron pasando los años? ¿Por qué nadie me obligó a detenerme?

Helena Trujillo
Psicoanalista Grupo Cero